DE PASEO POR… LOS JARDINES ETERNOS DE ERNESTINA DE CHAMPOURCÍN
Noches de jardín

DE PASEO POR… LOS JARDINES ETERNOS DE ERNESTINA DE CHAMPOURCÍN

Reseña filológica de algunos aspectos relacionados con la mística y el simbolismo del jardín en esta autora de la Generación del 27. Imagen de portada: Noelia Muñoz Camacho.

Pilar Sánchez Laílla | 12 sep 2020

 

“Y se va marchitando la caja de las rosas;
no tiene quien las saque y las lleve al camino.
Un airón de perfume se nos quiebra en las manos
mientras algo se muere y nace al mismo tiempo.
[…]

Hay cosas que no son, pero que siguen siendo”1

 

    Ernestina de Champourcín,2 fue clara discípula de la poética del jardín que impregnase Juan Ramón Jiménez3 en su obra Jardines lejanos. Sin embargo, para esta autora, “la poesía no está solo en los jardines ni en la espuma del mar”sino que la voz poética es un “saber esencial”que nos habla desde la eternidad. Esa eternidad que nos mueve como motor vital.

 

    Ni qué decir tiene que en toda la tradición mística el jardín es el lugar de la Eternidad, el Paraíso mítico. El lugar de la poesía misma en el que florece la palabra, como la rosa, en medio de las sombras de la naturaleza. El jardín es el paraíso terrenal en que las luces misteriosas amanecen abriendo a la claridad la revelación del misterio divino de la Creación.6

 

    Una de las grandes cuestiones que se ha planteado el ser humano es si se puede comprender la esencia del mundo y de la vida. El pensamiento religioso (ya sea mitológico o bíblico)7 intenta darle un sentido a la existencia. Los poetas de los albores del siglo XX buscaban en esas visiones de Prometeos y Evas intentando poseer el fuego o el Árbol de la Ciencia captar esta razón última del ser humano.

 

    La religión cristiana reelabora esa visión de la mujer, identificada con Eva a través de la Virgen María, que es la que redime las fallidas pretensiones humanas “dando a luz” precisamente a la palabra que es luz del mundo y auténtico conocimiento. Dios hecho carne es el verbo: en principio solo había tinieblas y la palabra, la palabra creadora (el “fiat lux”) que se hace carne ya en la misma Anunciación, cuando baja la luz del cielo en forma de ángel y la Virgen acepta hacerla humana (“hágase en mí según tu palabra”). Por ello la mujer cobra un papel protagonista esencial en toda la tradición religiosa y artística,puesto que es portadora de vida.

 

    La esencia de la vida, sin embargo, es en sí misma una contradicción: muerte y vida. Comprender el sentido de una vida dominada por la constante e incontrolable presencia de la muerte es poseer la inmortalidad y convertirse en Dios (o en Satán, o en ambos…).9 La vida solo se puede entender en profundidad trascendiéndola a la eternidad, buscando en la naturaleza y en cualquier expresión artística10 elevar el espíritu y trascender hacia una realidad suprema. Los ascetas representan esa paradoja que se da entre querer admirar la creación en todas sus facetas para, sin embargo, trascender de ella.

 

    Esta es la clave presente en fray Luis de León11 y que culminará en los poetas místicos, en el abandono del alma a lo terrenal para fundirse eternamente con el Dios esposo en san Juan de la Cruz y en el éxtasis místico glosado en los famosos versos “tan alta vida espero/ que muero porque no muero” de santa Teresa de Jesús.

 

    En el Cántico espiritual como modelo de esta “vía unitiva” lograda por los místicos (morir al mundo para alcanzar una vida plena) se halla el modelo retomado por los movimientos artísticos y literarios de la modernidad. Comprender la realidad trascendiéndola es precisamente el origen del Simbolismo: establecer metáforas, correspondencias que vayan más allá de la realidad, conexiones subjetivas o surrealistas que nos elevan y nos salvan del hastío existencial, permitiéndonos entender el lado oculto de la naturaleza. El simbolismo de Baudelaire plasmado en su poema “Correspondencias” se plantea como sustitutivo de la religión en la búsqueda decadente de una nueva espiritualidad.

 

    La naturaleza como “bosque [o jardín] de símbolos” que nos habla de la realidad oculta está en la raíz de los símbolos de la vanguardia ultraísta y creacionista perpetuando la simbología presente desde Machado hasta Lorca. Las vanguardias continuaron con un modo diverso de expresión el mismo tema recurrente:  la búsqueda del conocimiento que dé sentido a la vida, la trascienda y la capte en su esencia más profunda. Por tanto, es un nuevo modo de entender el arte pero que parte de la tradición. El equilibrio entre tradición y vanguardia alcanzó su apogeo en la Edad de Plata de la literatura con la generación del 27 y no en vano olvidadas poetisas de este movimiento como Ernestina de Champourcín se ven influenciadas por este simbolismo tardo-romántico y juanramoniano en su obra titulada precisamente Cántico inútil (1936).

 

    Para llegar al verdadero conocimiento hay que trascender el mundo como lo hace Dios, observándolo desde la eternidad, fuera del tiempo, en todas sus contradicciones y con toda su belleza desde “la torre de marfil”, desde un lugar elevado y exquisito, al que solo una minoría selecta puede acceder siguiendo esa “vía iluminativa” de la palabra.

 

    Alcanzar la eternidad es, por tanto, conseguir la esencia de Dios, es decir, poseer la palabra. Una palabra, sin embargo, limitada en un tiempo y un espacio que no puede expresar la paradoja de la existencia, de la muerte y de la vida, que rompe, en definitiva, con la lógica. Esa eternidad, el paraíso, es un lugar en el que cabe todo, en el que los opuestos se funden y armonizan como en el agujero abismal del Aleph, según lo recrea en un cuento (recogido en la obra titulada precisamente así), el ultraísta Borges:

 

Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas, la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, […]y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. […]Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad.12

 

    Pero la eternidad de felicidad y conocimiento supremo implica morir, por eso el proceso creador supone romper y abolir lo anterior para nacer a una vida nueva. De este modo, movimientos como el ultraísmo y el creacionismo superaron, por influencia de otras vanguardias rompedoras como el futurismo, el lenguaje poético anterior, concibiendo una nueva expresión alejada del habla que pudiese crear una nueva poesía capaz de captar las paradojas de la realidad y expresar lo inexpresable.13 Desde esta perspectiva cobran nuevo sentido los versos teresianos “muero porque no muero”. Para captar y nacer a la eternidad, a la esencia de la auténtica belleza (y desde su contemplación) hay que destruir.

 

    La muerte, no lo olvidemos, es la luz a la eternidad. Y es que esa fusión plena, ese captar la Eternidad, el conocimiento máximo, la Belleza, la Palabra, ya era una revelación de la mística (influenciada a su vez por cierta concepción mística de la religiosidad musulmana como reveló Asín y Palacios).14 En la mística española tiene su máxima representación poética en san Juan de la Cruz, en el Cántico espiritual mediante la búsqueda del Alma, de la Esposa, a través del conocimiento indirecto, preguntándole a la naturaleza (a los ríos, los valles, animales…) dónde puede encontrar a Dios (el Creador, el “deseado y deseante”…).  De ahí que el poeta se convierta en un fingidor que imita como un espejo, que destruye y transforma sin crear, como la energía, esa nueva y eterna poesía que es capaz de unir concepciones poéticas opuestas creando una nueva ciencia en la que la literatura ha sido “transformada en el amado”.15

 

    Un nuevo misticismo: morir para crear y poseer de nuevo, desde una nueva óptica de la realidad, como la que promulgaban creacionistas y ultraístas16 siguiendo la estela de la tradición literaria.

 

    Antes que los vanguardistas del 27 Juan Ramón Jiménez había sido el pionero17 captándolo así precisamente en su poema “Canción espiritual”:

 

  ¡Esta es mi vida: la de arriba,

la de la pura brisa,

la del pájaro último,

la de las cimas de oro de lo oscuro!

  ¡Esta es mi libertad: oler la rosa,

cortar el agua fría con mi mano loca,

desnudar la arboleda,

cogerle al sol su luz eterna!

 

 

    Juan Ramón Jiménez como precursor del movimiento ultraísta de Huidobro o del creacionismo presente en Gerardo Diego reelaboró los símbolos tomados de la tradición mística y del Cántico espiritual. La naturaleza esconde realidades ocultas, símbolos que mueren a la luz de la razón y que sirven para trascender este mundo.

 

 

    Esta amalgama entre creacionismo y ultraísmo retomó muchos de los elementos simbólicos del misticismo del Siglo de Oro. El poeta es un homo viator, o mulier viatrix, pues autoras como Ernestina de Champourcín supieron seguir la senda de Juan Ramón,  en una peregrinación dejando atrás el mundo, elevándose a través de la belleza de la creación hasta que “muere”. Pero no es una muerte física, es una muerte simbólica, en la interpretación de la lírica popular que entendía morir como darse a otro, fundirse físicamente en penetración carnal. Morir es, por tanto, dejarse en otro para crear nueva vida. Así el poeta y sus lectores, el alma y su creación, se poseen, se funden en uno solo, en ese estado de comunión divina en el que se ingiere la esencia y la palabra, representada muchas veces por un dardo o un rayo de luz eterna. Esa es la experiencia mística: una comunión con la Palabra, con Dios, con la Eternidad. Y desde ese estado de trascendencia (“fuime y olvídeme”) se muere a la vida para comprenderla en plenitud desde la elevación, desde un nuevo estado de vida nueva. El problema del místico, y del poeta, es cómo explicar una sensación, un culmen de experiencias sensitivas, de sueño y realidad, de dolor y placer, de muerte y vida, de contrarios.  La respuesta la entendieron solo esos artistas hablándole “a la minoría” de escogidos que supieron transitar por la escondida senda a través del arte y de la poesía, y de la unión de ambas (así lo entiende otro hispanoamericano como Octavio Paz con su poesía espacial y visual cercana al caligrama de Apollinaire).  Una nueva vida, un nuevo ser con el único que “es”: Dios en la tradición del Antiguo Testamento ardiendo en la zarza, da a luz y se revela a Moisés como “soy el que soy”, idea que Guillén sintetizará también en su Cántico: “Ser. Nada más. Y basta. Es la absoluta dicha”.18

 

    El poeta no crearía, en consecuencia, nada nuevo, sino que, trascendiendo del mundo, llegaría a conocer la auténtica realidad y la conexión íntima de las realidades con la eternidad concebida como creación constante, presencia perpetua que trasciende el tiempo. Crearía en la noche un nuevo jardín donde se revele la luz del Edén…

 

    Juan Ramón Jiménez en su última etapa más hermética y oscura supo captar esta esencia en su obra Dios deseado y deseante, un dios que identifica con la naturaleza creadora, con la belleza y con el arte: “El dios que es siempre, al fin, / el dios creado y recreado […] El Dios. El nombre conseguido de los nombres”.19

   

        El poeta capta la creación que es una explosión de luz (fiat lux) en medio del caos.20 El poeta ve y se convierte en espejo, en reflejo de la luz. Se transforma en un creador (creacionismo, por tanto) que expresa la esencia del mundo como recipiente de luz. La búsqueda de lo absoluto es una búsqueda de la luz (la mística “vía iluminativa”) que culmina en el mundo donde las sombras, el cielo y la tierra, los contrarios, el alma creada (esposa) y el creador se unen en una especie de resplandor eterno (expresada en la llamada “vía unitiva” de la mística).

 

 

    La relación es palpable y evidente en los más variados títulos desde Rubén Darío a la Generación del 27. Manuel Altolaguirre sintetiza a la perfección esa idea de fusión con la divinidad en el Paraíso en su poema “Eternidades”:

 

Este jardín donde estoy

siempre estuvo en mí.

No existo.

Tanta vida, tal conciencia,

borran mi ser en el tiempo.

Conocer la obra de Dios

 es estar con él.

 

    Además, Altolaguirre tuvo amistad con Juan Ramón Jiménez, quien estuvo en la boda de este con Concha Méndez, (editora, entre otras, de la revista Litoral, una de las principales publicaciones de los movimientos de vanguardia) donde exclamó al paso de los novios “¡Viva la poesía!¡Viva el arte!”, significando la unión de ambas disciplinas en el proceso creador. 21

 

    Este simbolismo místico convierte al poeta en creador. Como señala René de Costa,22 uno de los fragmentos de esa conferencia de Huidobro es “doblemente iluminador” por encerrar ese simbolismo muerte-vida sobre la creación y por las propias revelaciones que hace del movimiento Creacionista ya con presencia cadáver:

 

El poeta os tiende la mano para conduciros más allá del último horizonte, más arriba de la punta de la pirámide, en ese campo que se extiende más allá de lo verdadero y lo falso, más allá de la vida y de la muerte [Huidobro, Ateneo de Madrid 1921]. […] Es notable que a pesar de su indicada procedencia ni siquiera mencione el Creacionismo que, como recordará, motivó el discurso de 1921 en el Ateneo. […] El hecho es que Temblor y Altazor presentan dos visiones del «más allá», dos visiones distintas y complementarias […]. Creación y no Creacionismo. Huelga insistir que en ese momento el ismo para Huidobro era ya letra muerta.

 

    La influencia de muchos de los símbolos de Huidobro es patente otros poetas. Un acercamiento a la poesía de Ernestina Champourcín nos manifiesta la influencia de estas teorías “ultra-creacionistas” a raíz siempre de la estela del Modernismo y, sobre todo, de la reelaboración juanramoniana.23

 

    Recordemos que para Juan Ramón Jiménez, tras su etapa sensitiva en la que plasma la poesía revestida de los ropajes del Modernismo inicia la búsqueda de una poesía desnuda, intelectual, progresivamente más hermética. La búsqueda de la poesía en soledad dotada de su hiperestesia, del poeta que escribe “en su torre de marfil”, entregado a la seducción de la palabra y de la inalcanzable belleza. En este sentido es muy conocido el aforismo que publicó en su Antología de la poesía española Gerardo Diego en 1932, en el que habla de su encierro a solas con la poesía: “Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía. Y nuestra relación es la de los apasionados”.24 Juan Ramón buscó incesantemente una respuesta vital y metafísica a la existencia. El poeta hace explícito su ideal de vida recogida y perseverante en su soledad enunciada en su verso “mi vida interior, la belleza eterna, mi Obra”,25  revelando  su ideal de vida, en el que el camino hacia la belleza eterna se realizará siempre a través de la poesía, que nace de rica vida interior.26 Es una relación de poesía, belleza y conocimiento, el penetrar en la esencia de las cosas y el ansia de eternidad (Dios/naturaleza creadora o esencia de las cosas). La relación pintura, arte y poesía es esencial en él.27 El propio Gerardo Diego lo elogia y reconoce su influencia en “Nostalgia de Juan Ramón”.28 El intercambio epistolar entre Juan Ramón y Gerardo Diego analizado por los estudiosos del contexto literario del entorno de los años veinte pone de relieve la influencia de Juan Ramón en los movimientos de vanguardia y en concreto en la revista ultraísta Reflector.29

 

    Ernestina de Champourcín fue precisamente fiel seguidora del magisterio de Juan Ramón como afirmó en su libro La ardilla y la rosa.30 Los símbolos empleados por esta autora serán los mismos presentes en todos los seguidores juanramonianos: la rosa, la estrella, la luz, el árbol como símbolos de la creación poética. Juan Ramón Jiménez ya vimos que se servía en su poema “Canción espiritual” de la imagen de la rosa, que destaca en un ejemplo de imitación perfecto la propia Ernestina:

 

   Dibujé una rosa nueva                   

en el papel de tu alma.                                  

¡Cómo temblaste al sentir                             

el roce de mis papeles                                   

sobre la hoja arrugada!              

   Muy despacio, fríamente,              

incrustando en carne viva                 

el punzón de una mirada,                  

aboceté la estructura             

de mis sueños en la página               

que intentabas arrancar.            

  ¡Rosa pura, forma anclada,             

en la ribera flexible,              

sin contornos, de tu alma!31

 

    Las reminiscencias son curiosas incluso en los títulos de algunos de sus libros de compilación poética, especialmente el titulado Cántico inútil de 1936. La rosa se identifica con la palabra y con el amor. Del mismo modo subyace la idea de la “encarnación” que nos lleva de nuevo a la asimilación del acto de creación poética como el fiat lux religioso inspirado en los místicos. 

 

 

    La rosa se asemeja a la estrella por esa connotación “iluminativa” que se aprecia muy bien en las bóvedas de las catedrales góticas, símbolo que literariamente se plasma desde la lírica popular. El poeta debe ser un dios creador (tal y como los creacionistas promueven que el escritor debe crear con la palabra como el creador o la naturaleza crea un árbol o una flor). La rosa o las flores, evocando de nuevo Las flores del mal Baudelaire, son imagen de la esencia creadora de eternidad, del principio y el fin.32 Así lo recoge desde la lírica tradicional en este poema anónimo:

 

Del rosal sale la rosa […]

Aunque nace del espino

nace entera y olorosa. […]

Huele tanto desde el suelo

que penetra hasta el cielo

su fuerza maravillosa.33

 

    La relación con el cielo y la pureza virginal de la rosa llevan inequívocamente a la figura de la Virgen María, redentora del ser humano tras su expulsión del Paraíso y representada artísticamente en infinidad de ocasiones pisándole la cabeza a la serpiente tentadora con la manzana en la boca.

 

    La rosa roja es, además, símbolo del amor, que nos salva y redime del hastío incluso en el padecimiento vital: “¡Amor! Aún no has llegado y ya me ciñes toda / ligándote a mi cuerpo como a un rosal herido.” (Cántico inútil, 1936) Y el jardín es en la tradición poética, el lugar para el amor, el lugar para la eternidad:

 

En Ahora, Ernestina construye su identidad poética en la fragua de Juan Ramón Jiménez, buscando la trascendencia en la totalidad del cosmos, y el conocimiento en la experiencia del amor.34 […] La voz en el viento (1931), tercer libro de Champourcin, continúa el rumbo iniciado en Ahora. La tensión mística permanece, conservando el tono enigmático y paradójico de la teología negativa: “Buscándote en lo eterno, / me evadiré de ti”. 35

 

 

  Yo creo que morir
es estar es estarse
por fin en lo absoluto
en lo definitivo.
Sorpresa de lo eterno
de lo que ya no cambia
y que es sin embargo
cada vez diferente.

  Y en ese estar están
lo humano y lo divino.
Todo lo que se toca
todo lo que se. Siente
y en esos brotes de luz
deslumbrantes, escasos
que arrebatan la vida
y nos la dan de nuevo.

 

Morir es una rosa
que se nos da de balde
un perfume cuajado
en amor para siempre.36

 

 
 

 


1 Ernestina de Champourcín apud la entrevista realizada por CHECA, Edith, “Ernestina de Champourcín, olvidada entre los equívocos linderos de la Generación del 27”, Espéculo, nº 9 (1998)  http://www.ucm.es/OTROS/especulo/numero9/e_champ2.html.

2 Para un estudio claro y sucinto de su poesía véase el trabajo de FÉRNANDEZ GUILLERMO, Leonor,  “La poesía de Ernestina de Champourcín: tradición y modernidad”, UNAM, 2011, accesible en http://ru.ffyl.unam.mx/bitstream/handle/10391/1382/CE_LC_2011-2_Fernadez_La%20poesia_Ernestina_de_Champourcin.pdf?sequence=1&isAllowed=y [consulta 2 de agosto de 2020].

3 “Este se convirtió en maestro y amigo para ella hasta la muerte del poeta en 1958, incluso en los años del exilio. Su primer contacto fue «una tarde de otoño en los jardines de La Granja [de San Ildefonso], me encontré de pronto inesperadamente con el Juan Ramón de carne y hueso acompañado de Zenobia [...]» (Champourcin, 1981: 25). Debido a la estrecha amistad con el matrimonio Jiménez-Camprubí escribió La ardilla y la rosa (1981), un libro de memorias de su fecunda relación encargado y avalado por la propia Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez”. [REY BALIÑA, Paula Antía, La obra poética de Ernestina Champourcin (1926-1936): una mujer del Lyceum Club, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 2019, accesible en https://minerva.usc.es/xmlui/bitstream/handle/10347/20166/Rey_%20Bali%C3%B1a_Paula%20Ant%C3%ADa.pdf?sequence=1&isAllowed=y.]

4 NARBONA, Rafael “Ernestina de Champourcín: la voz transfigurada (II), El Cultural (21 de mayo de 2019) [consulta el 4 de julio de 2020].

5 Ibidem.

6  La influencia de la mística en relación a esta concepción del Paraíso y la eternidad tiene su origen en obras musulmanas como las del almeriense residente en Zaragoza entre 1110 y 1118, Ibn Al- ‘Arif, estudiado por GARCÍA CAPARRÓS, Julio, en su reciente artículo: “Ibn Al- ‘Arif o unas moradas místicas en Zaragoza”, Rolde, nº 172-173 (enero-junio 2020), pp. 53-69. “Todo lo que no es Dios son velos que lo ocultan. Si no existiese la oscuridad tenebrosa en el mundo físico, seguramente, aparecería clara la luz del misterio divino” (p. 65).

7 Estas cuestiones por las que también se ha preocupado desde sus orígenes la filosofía están presentes en otras religiones orientales, como en la mística budista en la que existe el término Vedanta, definido como la meta del conocimiento, la búsqueda del origen creador a través de la superación de las vicisitudes vitales.

 Así lo veremos con Dalí y su musa Gala, protagonista esencial, como veremos, de esta revolución mística en su cuadro: “Leda atómica” (1949) el que reelabora el mito clásico de Leda muy ligado a esta plasmación de la mujer como portadora de la esencia del universo. Mujeres, como Ernestina, que, sin embrago, se han visto relegadas a un segundo plano en la historiografía artística y literaria.

9 Esta visión de la reelaboración satánica de la concepción religiosa de la muerte y de la vida precisamente a través de la mujer está latente en muchas obras literarias y artísticas del Simbolismo como La tentación de San Antonio de Félicien Rops (1875). Véase WOLF, N., Simbolismo, Colonia, Taschen, 2016, pp. 24-27.

10 Así sucede con una de las máximas expresiones artísticas: la música. Remite fray Luis en su “Oda a Salinas” esa concepción platónica de la armonía musical como reflejo de la creación divina o del mundo original de las Ideas que se traslada en pequeña escala en el interior de cada ser humano: “El aire se serena/ y viste de hermosura y luz no usada,/ Salinas, cuando suena/ la música extremada/ [..] ¡Oh desmayo dichoso!/ ¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!/ ¡Dúrase en tu reposo/ sin ser restituido/ jamás a aqueste bajo y vil sentido!”. Estas cuestiones han sido estudiadas por RICO, Francisco, El pequeño mundo del hombre, Madrid, Alianz a Editorial, 1988, pp. 170-189.

11 Ascetas como fray Luis buscan en la naturaleza, reelaborando tópicos horacianos como el beatus ille, el modo de trascender del mundo prosaico y sin sentido y elevarse hacia la comprensión última (y primera a la vez, puesto que es eterna) de la realidad.

12 BORGES, La escritura del dios, en su El Aleph, Madrid, Alianza Editorial, 1995, p. 139.

13 Así lo explica a propósito de la inefabilidad de la experiencia mística LÓPEZ-BARALT, L., “San Juan de la Cruz: una nueva concepción del lenguaje poético”, BHS, LV (1978), pp. 32.

14 En sus obras Amor humano, amor divino o El Islam cristianizado. Véase VALDIVIA VÁLOR, José, Don Miguel Asín y Palacios. Mística cristiana y mística musulmana, Madrid, Libros Hiperión, 1991. Ya estaban presentes en los albores del Islam como señala GARCÍA CAPARRÓS a propósito de la obra de Asín y Palacios (op. cit., pp. 64-65).

15 Estas ideas y su relación de la poesía con la ciencia han sido perfectamente enunciadas en los cinco estadios de la “poesía química” por GARROTE BERNAL, Gaspar, “XVII + 10 = Veintisiete (en tres tiempos de Gerardo Diego)”, Analecta Malacitana (AnMal Electrónica), 24 (2008)., pp. 17-25.

16 La frontera entre el ultraísmo y el creacionismo es lábil. No obstante, la influencia de este movimiento en Dalí es evidente. Véase BONET, J.M., “Dalí ultraísta” en VV. AA., Dalí, un creador disidente, Barcelona, Destino, 2004, pp. 66-74.

17 Así reconoce su influencia Gerardo Diego en “Nostalgia de Juan Ramón”, Revista Alférez, Año II, nº 21 (octubre), Madrid, 1948, pp. 1-2.

18 GUILLÉN, Jorge, Cántico, Buenos Aires, Editorial Suramericana, 1950.

19 La misma idea es plasmada en Eternidades en la etapa de su poesía desnuda: “¡Intelijencia, dame/ el nombre exacto de las cosas!/ Que mi palabra sea/ la cosa misma,/ creada por mi alma nuevamente.” o en La estación total: “solo en lo eterno podría/ yo realizar esta ansia/ de la belleza completa”. [JIMÉNEZ, J.R., Antología poética, ed. de Javier Blasco, Madrid, Cátedra, 1995, p. 287].

20 Similar a la creación del universo es la visión mística, onírica y surrealista del cuento Aleph de Borges con grandes influencias de la simbología mística: “[…] vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.” [BORGES, op. cit., p.192-194].

21  Recoge esta anécdota AZANCOT, N., “Las memorias armadas de Concha Méndez”, El cultural, 25 de mayo de 2018 en https://elcultural.com/las-memorias-armadas-de-concha-mendez [consulta: 25-8-2019]. Ernestina fue amiga del matrimonio y “participó en las tertulias en casa de Concha Méndez y Manuel Altolaguirre” [REY BALIÑA, op. cit., p. 9].

22 Edición y estudio preliminar a las obras de Huidobro Altazor. Temblor de cielo, Madrid, Cátedra, 2000, pp. 43-44.

23 Señala Vicente GAOS en el estudio introductorio a la Antología del grupo poético de 1927 que los inicios vanguardistas en España estuvieron influenciados por el Siglo de Oro y por el Modernismo, no solo en los miembros del grupo generacional sino también en Juan Ramón Jiménez que trajo, con su afán innovador, numerosas influencias extranjeras y en Ramón Gómez de la Serna, quienes propiciaron que en España “sin extremar la posición novedosa, conjugando tradición y revolución, [las vanguardias] siguieran desarrollándose a su modo”. [GAOS, Vicente (ed.), op. cit., p. 16].

24 DIEGO, Gerardo (ed.), Poesía española. Antología 1915-1931, Madrid, Signo, 1932, p. 110.

25 JIMÉNEZ, Juan Ramón, Ideología, Antonio Sánchez Romeralo (ed.), Barcelona, Anthropos, 1990, p. 190.

26 EXPÓSITO HERNÁNDEZ, José Antonio, “Juan Ramón Jiménez, poeta interior”: https://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/jrj/acerca/exposito_01.htm [consultado el 1 de septiembre de 2019].

27 Véase para estas cuestiones CRESPO, Ángel, Juan Ramón Jiménez y la pintura, Puerto Rico, Editorial Universidad de Puerto Rico, 1974 (reeditado en Salamanca, Universidad de Salamanca, 1999).

28  DIEGO, G., op. cit.

29  RODRÍGUEZ MARCOS, Javier, “Amor y odio en la Generación del 27”, artículo publicado en  El País, 20/4/2012: https://elpais.com/cultura/2012/04/20/actualidad/1334947614_230270.html [consultado el 4 de julio de 2019].

30  Para una sucinta perspectiva sobre esta autora y algunos de sus poemas véase GARCÍA MARTÍN, José Luis, Poetas del novecientos. Entre el modernismo y la vanguardia [Antología]. Tomo II: De Guillermo de la Torre a Ramón Gaya, Madrid, Fundación BSCH, 2001 en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/poetas-del-novecientos-entre-el-modernismo-y-la-vanguardia-antologiatomo-ii-de-guillermo-de-torre-a-ramon-gaya--0/html/000de8d0-82b2-11df-acc7-002185ce6064_14.html [Consultado el 1 de octubre de 2019].

31 Poema titulado precisamente “Creación” en GARCÍA MARTÍN, op. cit., p. 225.

32 Esta idea tiene su plasmación artística en el Pantocrator de la tradición cristiana en la que la Verdad, la Palabra y la Luz se encarnan en Jesucristo representado como la eternidad, el principio y el fin a través de las letras griegas Alpha y Omega.

33 La rosa, además, por su forma se asemeja a la estrella que también nos guía hacia la luz de la eternidad en esas linternas de las catedrales góticas.

34 “Amar es la única forma de romper la tentación del ensimismamiento, abriéndose al misterio del ser. […] la eternidad no es un lugar sobrenatural, sino una fuerza intrínseca que garantiza la continuidad de la vida: “Piensa que todo se muere / para volver a brotar”. El poeta es el testigo privilegiado de ese milagro. […] Para Ernestina, el amor es un éxtasis que rescata al ser humano de la soledad y la muerte. Esa verdad está por encima de las nubes, más allá de las estrellas, en la noche profunda que devora el día, en el monte invisible donde dormita la luz. Ernestina celebra “los dones de la luz”, como el amor, que sí forma parte de su vida. De hecho, el amor es el cincel que esculpe su ser: “Al quererme creaste mi belleza”. […] El amor que únicamente entrevé le hace pensar en lo eterno.” [NARBONA, Rafael, op. cit.]

35 Ibidem.

36 Primer exilio (1978) apud  PERLADO, José Julio, “Entrevista: Ernestina de Champourcín”, Espéculo nº 8 (1998) accesible en https://webs.ucm.es/info/especulo/numero8/champour.htm [consulta 5 de agosto 2020].

 

 

Imágenes:

Noelia Muñoz (rosas). 

Pilar Sánchez (jardín y linterna de la Catedral de Burgos).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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