Nada nuevo
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Noches de jardín

Nada nuevo

Antonio Morata, fiel colaborador de nuestra revista, nos plantea una reflexión sobre el sentido de la vida.

Antonio Morata Navarro | 31 dic 2023

Con el entusiasmo de mujeres que despiertan, disfrutaban hablando de chicos; estaba claro, pero de otros mayores y más interesantes. En cambio, más simples y activos, nuestra pasión era jugar al fútbol, nada nos atraía más que un balón de cuero y un buen partido. En una animada clase de religión, el cura dispuso conversar acerca de algún tema del agrado de todos. Las chicas de las primeras mesas propusieron el sentido de la vida. —Jo, a quién se le ocurre querer hablar de esas tontadas —pensé. Al final, se escogería otra propuesta.

Ignoro los motivos por los que una idea descartada y remota perdura en la memoria, y, por extraño que parezca, cuando se menciona el sentido de la vida, me viene a la cabeza el recuerdo momentáneo de aquello. Además, ahora me digo: «Nosotros pensando en el balón, y ellas en ennoviarse y en filosofar». Nada nuevo. Ya decían nuestras abuelas que la cebada viene antes que el trigo, o sea que las chicas son más precoces. Y el hecho es que nos llevaban una sensible ventaja: puede que se preguntaran «por qué y para qué vivimos y cómo deberíamos vivir»; y que los chicos, como mucho, no pasáramos de «estamos aquí para vivir, porque para eso nos han parido».

Y así, a partir de suposiciones, me he entretenido en componer unos puntos de vista que, acertados o no, teniendo en cuenta que uno no deja de aprender y que se equivoca a diario, la intención es lo que vale.

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Al parecer, a lo largo de la historia, las preguntas sobre el significado de la vida han sido una constante en ambientes ligados al mundo del pensamiento. Y es que el asunto no es liviano, se las trae, de modo que, para empezar por el principio, habría que explicarse las razones de la existencia.

Las religiones, desde épocas antediluvianas, justifican por medio de la revelación y las intuiciones de algunos sabios la condición divina e inteligente de la creación. Llama la atención que este carácter sobrenatural coincida en lo extraordinario con la teoría actual sobre el “big bang”, cuya complejidad de comprensión requiere de un nuevo acto de fe para la mayoría. Y también choca que la expusiera un sacerdote católico, el científico belga Georges Lemaître (1894-1966). Una anotación por venir a cuento: sorprende y hasta resulta cómico que Albert Einstein (1879-1955), uno de los grandes genios de la ciencia, embajador de las ideas más avanzadas de su tiempo, por algún tipo de prejuicio —nadie es perfecto—, menospreciara los cálculos de su colega del alzacuello sobre la gran explosión y la expansión del universo. A la postre, se resignaría y acabaría admitiendo la aportación del señor cura a la comunidad científica.

 

2

Al observar la línea del tiempo se advierte que transcurre una eternidad hasta la aparición de los primeros organismos vivos. Luego, si se formulara la pregunta de qué pinta el ser humano aquí, en la Tierra, cabría la respuesta de que, tras miles de millones de años, igual que un árbol, un pájaro o un pez, es un producto más de la evolución natural. La ciencia clasifica las plantas, los animales y el resto de los seres vivos integrados en las ramas de un mismo árbol familiar y asegura que comparten ADN en mayor o menor proporción.

La especie humana, que pertenece al grupo de los primates, se distingue por aventajar en facultades mentales a las demás especies —o al menos eso cree—. Y las aplica mientras estudia, fantasea, escribe, trabaja, investiga, hace planes, inventa. Con todo, aun sintiéndose tan privilegiada, precisa y gusta de las necesidades animales: aire puro, comida, bebida, salud, sexo, descanso, seguridad, compañía. Así que, a poco que se repare en estas, se deducirá que, quien no actúe como un estupendo animal, con toda probabilidad, se estará maltratando. Curiosamente, a veces, el cuidado corporal se relega a un segundo plano o se desatiende, quizás porque la capacidad cerebral y el prestigio se valoren más, o bien por mera dejadez, reveses vitales, adicciones. 

Es indudable que el cuerpo y la mente demandan salud y energía para acometer los desafíos de un mundo en movimiento, cambios constantes e impredecibles. En plena sintonía con el espíritu de supervivencia, los procesos de acomodación de miles de generaciones, la herencia genética y el inconsciente empujan a no rendirse nunca, a enmendarse, a aprender y a afrontar con inteligencia y fuerza todo tipo de dificultades.

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Los padres instruyen a los hijos y los encauzan en el camino a seguir. Los niños imitan lo que ven, el aprendizaje se basa en la observación, la repetición y los juegos. Nótese que los estímulos cuanto más jóvenes más entran por la vista; de ahí que el ejemplo dado resulte más eficaz que palabras y discursos incomprensibles para los críos. Las referencias a los demás y la envidia son inevitables, espontáneas, corrientes; por eso la solución no es impedir las comparaciones en todos los ámbitos y niveles, que sería imposible, sino que se mire sin prejuicios a los demás y se entienda que la naturaleza siempre crea seres diferentes.

En las siguientes etapas, juntamente con las disciplinas habituales de matemáticas, lengua, historia, etcétera, convendría orientar el sistema educativo hacia la neutralidad de un mundo abierto, la conciencia crítica y la opinión propia. Aspiraciones más que recomendables, considerando que el poder comunicador, interesado y competitivo de los sectores político, comercial e informativo, juega con las palabras, las imágenes y las estadísticas y las convierte en el arte del engaño. Y de la confusión. Por si fuera poco, las estructuras, los modelos y las inercias sociales, en lugar de predisponer hacia la serenidad, el placer por lo que se hace y lo auténtico, inducen a las prisas, el éxito y las apariencias. Más confusión: celos, temores y falsedades, que hacen caer en el autoengaño y la estupidez.

 

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Ahora, supóngase que surgiera y se prolongara cualquier episodio de preocupaciones —de los que nadie se libra—, en vez de mirar para otro lado y buscar distracciones para evitarlo, correspondería detenerse a reflexionar sobre el asunto. Pensar, al contrario que fumar, no perjudica la salud, a menos que se haga sin orden ni concierto. Parece muy sencillo, pero no lo es. Según se perciben y se toman las cosas, afectan y se toleran de una forma u otra: ante un mismo suceso encontramos a uno entusiasmado, a otro derrotado, a este indiferente, a ese aturdido, a quien lo supera y lo deja atrás y a quien se amarga una temporada. Por lo tanto, ya que los trastornos los crea el pensamiento, entender las preocupaciones, deparará claridad, será como encender la luz cuando se camine a oscuras.

Podría decirse que las necesidades biológicas animales se completan con distintas inclinaciones, como por ejemplo la fama, el trabajo, el dinero, las ciencias, las letras, los proyectos. Asimismo, que los conocimientos y las experiencias favorecen la amplitud de miras, la objetividad y las relaciones personales. Aun así, no es suficiente, pues si van acompañados de aires de superioridad, egoísmo, maldad u otras formas de desprecio, la comprensión se desvanece, se ocasionan desconfianza y enemistad. Añádase que, en un escenario cuyos planes se miden por el valor monetario, las personas no representan el papel principal. El dinero, con el que se consigue cualquier ambición, se convierte en protagonista, motor y razón de ser. Viene a mano citar a Francisco de Quevedo (1580-1645), genio de la crítica social, y su célebre poema Poderoso caballero es don Dinero.

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Aunque aparezca de cuando en cuando, el sentido común o buen juicio suele desarrollarse con el curso del tiempo; en contraste, los apetitos se moderan a medida que avanza la madurez. Ambas razones contribuyen, más tarde que pronto, a advertir que la avidez de poseer y dominar no complace por entero a nuestra querida aliada la vida. A la que, después de todo, tal vez le baste con que cultivemos el físico y el intelecto y disfrutemos de humor, tranquilidad, valor y afectos, por ejemplo.

Sin embargo, comúnmente, no nos contentamos con facilidad. Los yoes revelan abiertamente la conexión entre las metas vitales, que fluyen y se renuevan, con ideales de perfeccionismo, política, comodidad, moral, abundancia, placer, religiosidad. Y también que junto a estos y otros deseos nacen incertidumbres respecto a sus logros. En efecto, imaginamos que acercarse a un estado o aspecto agradable aleja del indeseado o nocivo; y viceversa. Y así, se persigue el lado positivo y se teme el negativo: belleza y fealdad, salud y enfermedad, responsabilidad e indolencia, victoria y derrota, riqueza y pobreza, vida y muerte, éxito y fracaso, y, por lo general, virtudes frente a perversiones y vicios.

En este punto, observamos que el pensamiento, incontenible, especula, teoriza y contrapone lo que debería y no debería ser. Y, a no ser que llegue al fondo de la cuestión, la resuelva y se libere, no se detendrá, continuará con sus divagaciones. Para terminar, preguntémonos qué sucedería si miráramos la situación real; terreno en el que los hechos se ven, no se interpretan, comparan ni fantasean, son lo que son. Pues bien, sospechamos que no estaría de más: aquí, la humilde inteligencia solo precisa para actuar que se ponga atención a lo que haya; y paciencia.

Temas relacionados:

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