Hilando historias
Noches de jardín

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Antonio Morata conecta su visión personal algunos episodios de la historia: Piel de toro—Egilo—Al-Ándalus e Isbaniya—Los Reyes Católicos —Juan Ortiz

Antonio Morata | 11 sep 2022

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Piel de Toro

    Había una vez, hace muchísimo tiempo, una península habitada por un centenar de pueblos diversos, independientes, distantes, poco hermanados y, si eran atacados, bravos y combativos. Hasta tal punto indómitos que el poderoso ejército cartaginés no los consiguió someter en decenas de años y las victoriosas legiones romanas necesitaron dos siglos enteros de guerras. Precisamente, hablamos de la península cuya silueta dicen que se asemeja a una piel de toro, a la que, dependiendo del periodo y de los visitantes, se la denominaría Tierra del norte, Tierra donde se forjan metales, Tierra de serpientes, Tierra de conejos, Iberia, Hispania y Spania.

    La decadencia del imperio romano, tras cuatro siglos de gobierno, posibilitaría las invasiones a través de los Pirineos de suevos, vándalos y alanos, que camparían a sus anchas de forma incontrolada y, no sin frecuentes conflictos entre ellos y con los hispanorromanos, se irían asentando poco a poco sobre el suelo peninsular. En el sur de la Galia, con capital en Toulouse, se habían establecido los visigodos y pactado con Roma, hasta que Eurico (420-484) comenzó a apropiarse territorios y rompió el compromiso. Pero la amenaza de otro pueblo germánico, los francos, empujaría a los visigodos a la ocupación de Hispania y a trasladar su capital a Toledo.

    A los reyes godos, gobernar les resultaba complicado, pues, aparte de batallar con hispanorromanos, vascones y católicos —hasta que Recaredo sustituyó el arrianismo por el catolicismo—, el régimen de sucesión monárquica electiva ocasionaba permanentes disputas en el ámbito de las jerarquías y los grupos de poder que intervenían en la votación, siendo de lo más normales las alianzas, las intrigas, las traiciones y los asesinatos. Los leales a Vitiza, que murió en el 709, coronaron a su hijo Agila II, que regiría unos años en el nordeste peninsular, si bien, por otro lado, los nobles y el clero, siguiendo el orden constitucional, escogieron como rey a Rodrigo (o Roderico). Casi a la vez, al otro lado del Estrecho de Gibraltar, los musulmanes, después de haberse adueñado de medio mundo, ideaban la estrategia de invasión y aguardaban su oportunidad.

    «No hay más Dios que Allah y Mahoma es su profeta». Allah se había comunicado a través de una serie de enviados, que empezaron con Adán, también lo fueron san Juan Bautista y Jesús, y terminaron con Mahoma. Mahoma había nacido hacia el 570, a los cuarenta años recibió la primera de las revelaciones del arcángel Gabriel, con él surgiría la religión islámica, que iría seguida de un imparable crecimiento. En cien años, las huestes mahometanas se impondrían al resto de las tribus de la inmensa península arábiga, conquistarían territorios del imperio bizantino (a falta de Constantinopla), Iraq, Siria, Jordania, Israel, Irán, Afganistán y Pakistán y, en el lado occidental, todo el norte africano, desde Egipto hasta Mauritania.

    No se sabe si Vitiza, penúltimo rey godo, murió por enfermedad o asesinado, en cualquier caso, el ascenso de Rodrigo fue a cara de perro, bien porque tuviera algo que ver con su muerte o bien por ser el candidato preferido por los opositores. Se da por sentado que el Gobernador del enclave cristiano de Ceuta cedió ante la fuerza y el deseo musulmán, y, muy al tanto de la división entre los visigodos, contribuyó al logro de la coalición árabe vitizana. Entretanto, Rodrigo se hallaba combatiendo en el norte, donde, a dos por tres, se producían incursiones vasconas en dirección al río Ebro. Era la ocasión esperada, los árabes aprovecharon para cruzar el Estrecho, explorar el terreno, planificar la batalla y tomar posiciones. Avisado Rodrigo de su presencia, se desplazó sin imaginar la preparación llevada a cabo por el invasor, su disposición ventajosa y, mucho menos, su alianza con el ejército vitizano. Murió combatiendo en el 711, y fue el principio del fin del reino visigodo, ya que los musulmanes, conscientes de la clara inferioridad vitizana, no respetarían los acuerdos y dejarían abierta la puerta de la península a nuevos contingentes militares que llegarían de África.

Egilo

    Apenas se dispone de información histórica de Egilo o Egilona, viuda de Rodrigo, así que nos permitiremos inventar un breve relato amparados en determinadas costumbres de la época y en los escasos datos conocidos.        

    Se supone que, dada su estancia en la corte de Toledo, descendía de familia noble, quizás, emparentada con la realeza visigoda y con el conde Casio. Imaginemos que Egilo era una chiquilla cariñosa y alegre, que gustaba de jugar en la plazuela a la que daba la parte trasera del palacete familiar. Al principio de una de las calles que allí confluían vivía Aurelio, hijo de un militar de procedencia astur, poco mayor que ella, avispado, travieso y de buen carácter. Simpatizaron desde la primera vez que se acercaron con la natural curiosidad e inocencia infantil. Jugaban a menudo, rara vez se peleaban, y, como suele ocurrir, pues se tienden a repetir los momentos de gozo, la parejita siempre andaba deseosa de juntarse para jugar. Y fueron creciendo.

    Egilo apuntaba alto, linda e ingeniosa, recibía una educación acorde a su linaje y a las expectativas familiares. El padre de Aurelio adiestraba a su hijo en las técnicas de combate y el niño respondía entusiasmado y desenvuelto a los pasos y combinaciones de ataque, esquiva y bloqueo, sorprendían su ligereza y destreza en el manejo de la espada de madera y su acierto con el arco y las flechas. Se entreveía que seguiría el camino de su maestro y progenitor. Un día, cuando rondaban los diez y once años, Aurelio admiraba embelesado la cara de su amiguita, que se apercibió e, instintivamente, se acercó y le dio un beso; el chico recordaría toda su vida que la miraba fascinado, el beso que recibió y que quedó confundido y feliz. El cariño infantil perduraría y terminaría en amor adolescente.

    Seguirían enamorados, más, si cabe, y aunque no podían coincidir y reunirse tan a menudo como antes, pues Aurelio ya formaba parte de la guarnición de Toledo, sabían encontrar ocasiones para verse furtivamente. Se querían desde hacía años, se conocían a fondo, hablaban como iguales con total confianza y sin cautelas y aprovechaban los encuentros amorosos con humor y pasión. Eran listos y muy conscientes de que tarde o temprano la vida los separaría.

    La personalidad, hermosura y gracia de Egilo llamaban la atención, anticipaban que estaba preparada para su destino, y, como era de esperar, los jóvenes prohombres suspiraban por adquirir su compromiso de matrimonio. La mujer de la nobleza visigoda se casaba sin que se le pidiera consentimiento, era elegida porque pertenecía a alguno de los grupos de poder, la boda contribuía a sellar alianzas interesadas y ella jugaba su papel político a través de los vínculos familiares. Las expectativas se cumplieron, el afortunado pretendiente sería el rey Rodrigo. La boda se celebró, ignoramos si hubo química y armonía entre ellos, el inconveniente fue la falta de tiempo para conocerse, enamorarse e intimar. Rodrigo acudió a la llamada del deber, solía dar ejemplo y se ponía delante, el primero. En julio del 711, Egilo quedaría viuda en su primer año de matrimonio.

    Después de la derrota frente a los musulmanes, Aurelio, que participó en la batalla, consiguió huir y llegar a Toledo, contó a Egilo la encerrona sufrida y la traición a Rodrigo, le transmitió sus recelos ante la incertidumbre política y la intención de volver a la tierra de sus padres, por último, añadió que su corazón se quedaba con ella para siempre. Egilo comprendió la determinación de Aurelio, lo respaldó y le ratificó su amor. ¡Cuánto hubiera deseado no ser quien era! La viuda de un rey visigodo, como si no dejara de ser la reina, seguía recibiendo el trato preferente del título, no debía unirse con súbditos ni en matrimonio ni disfrutar de amoríos, se prohibía a los hombres cualquier tipo de relación con ella, y, para evitar rumores, ingresaba como religiosa. Pocos días después, milicias vitizanas se presentaron en la corte para informar sobre los hechos, es decir, dar una versión de la batalla y de la muerte del rey que ocultaran la verdad. La viuda sería enviada a un monasterio de Mérida.

    En el año 713, Egilo fue secuestrada por tropas encabezadas por Abdelazid, hijo del valí de al-Ándalus, quien, seducido por su personalidad, la tomaría por esposa en el 714, año en que sustituyó como gobernador a su padre. Ayla o Ailó es el nombre que fuentes árabes dan a Egilo, también conocida como Umm 'Asim, en calidad de madre de Asim, nombre de su hijo con Abdelaziz. Los matrimonios de musulmanes con mujeres de la aristocracia goda, aunque solían ser forzados, eran una manera de tender puentes a la sociedad cristiana recién conquistada. Metámonos en la piel de Ayla, que se vio obligada por segunda vez al matrimonio y, por si no fuera bastante, a esa especie de cautiverio e incomunicación propios de la tutela masculina islámica. Aun así, se tiene la certeza de que el talento de Ayla no pasaba desapercibido y que ejercía enorme influencia en su marido. En cualquier caso, volvió a enviudar, el valí fue asesinado en Sevilla en marzo del 716, y aunque trascendió que el motivo pudiera tener que ver con Ayla, igualmente, resultaría verosímil que su muerte fuera ordenada por el califa, ya que Abdelazid ocupó el puesto de gobernador que dejó su padre cuando fue llamado a comparecer ante la administración califal en oriente, donde fue juzgado y condenado, después absuelto y, por fin, asesinado.  

    Tras el crimen de su segundo esposo, el instinto maternal y de supervivencia reavivaron la entereza de Egilo. No era incauta ni indecisa, ¿y si su ambición secreta no era un imposible? Su lucidez y convicción le dieron la serenidad y la paciencia que necesitaba. El estado de viudedad dentro de la comunidad islámica la obligaba a cumplir un periodo de luto de cuatro meses y diez días, un aislamiento en el que no debía salir de casa ni se le podía imponer el casamiento. Le venía de perlas ser estricta en el acatamiento del luto y no estaba dispuesta a permitir que alguien decidiera por ella su tercer matrimonio; así que decidió planear su fuga a conciencia. Dos semanas después, la fortuna le tendió la mano, pues un asunto oficial que concernía a Asim condujo a su presencia a un militar sarraceno y a su asistente muladí          —cristiano convertido al islam que vivía entre musulmanes—; por lo general, el converso que abraza otra religión adquiere un pasaporte para eludir la muerte o una vida peor. El muladí, intrigado, indagó con prudencia sobre ella, la visitó con discreción, le hizo saber que había sido fiel a Rodrigo y que quedaba a su disposición. Resultó ser un soldado sincero y cabal que había aparecido en el momento idóneo. Se vieron dos veces más y, cuando Egilo no dudó de su adhesión, le expuso su voluntad de escapar. Deseoso de huir se les uniría otro muladí amigo del primero, listo para desertar y jugarse la vida.

    La vinculación familiar de Egilo con el Conde Casio (Kumis Qasi tras su conversión al islam) era bien conocida en la corte musulmana, por lo tanto, se vería con normalidad que, si un día se proponía cambiar de aires, buscara la protección familiar en alguna de las haciendas de su poderoso tío en el Valle del Ebro. En realidad, nadie podía sospechar que se sentía ligada a su primer y único amor. Huyeron los cuatro, no como pudiera suponerse en dirección a Córdoba, sino a Mérida, para seguir rutas alternativas a la Vía de la Plata hasta Benavente, luego, a Valencia de don Juan y León. Tomaron la precaución de pisar los caminos menos transitados y de esquivar las ciudades y los pueblos principales mencionados, lugares por los que se movían las escasas patrullas árabes y se ubicaban los semivacíos cuartelillos. El gobierno del emir interino tenía asuntos más importantes que atender: la concentración de fuerzas camino del sitio de Barcelona y el traslado de la corte a Córdoba. No corrieron peligro, la totalidad de la población era nativa y nuestros viajeros se alojaban en caseríos y aldeas que los acogían y proveían con el respeto que infundían sus aires e indumentarias árabes. 

    Siguieron por los montes de León, Riaño y Oseja de Sajambre hasta que, a los veinte días de marcha, pernoctaron en una quintana próxima a Cangas de Onís. Por la mañana, sin pasar por el pueblo, se desviaron hacia el este, se internaron por un hermoso valle, a pocas leguas se divisaban los picos de unas altísimas y escarpadas montañas que apuntaban a un cielo azul claro en el que lucía el sol. Ya no huían, mientras los muladíes charlaban, Egilo pensó en la aparición repentina de Aurelio, su corazón se aceleró y, para calmarse, respiró hondo, reparó en el hermoso día primaveral y en la naturaleza verdeante que los circundaba, —precioso e inmenso nuestro nuevo palacio —dijo a su niñito. El momento anhelado llegó en el poblado de Abamia, se detuvieron de frente, Aurelio vaciló de ver una imagen real o un espejismo, se miraron de abajo a arriba y unos segundos al rostro, sonrieron, y rieron con fuerza. Nada ni nadie los había cambiado, se fundieron en un largo abrazo. Orgullosa de su hazaña, aliviada y libre, por primera vez, desde mocita, no temía al presente ni al futuro.

Al-Ándalus e Isbaniya

    Para los mahometanos, el mundo se dividía en islámico o Dar al-islam, «la casa del islam», y Dar al-harb, o «casa en guerra». La Casa en guerra les pertenecía por mandato divino y estaban obligados a prepararse para incorporarla en cuanto las circunstancias lo permitieran. Quedaba claro: la motivación conquistadora era religiosa y el argumento a esgrimir la fuerza de un ejército que impusiera su ley con la espada.

    Con el tiempo traerían influencias de los imperios persa y bizantino, de los sirios romanizados y harían florecer la cultura propia en los campos de las letras, las ciencias y las artes. Sin embargo, los contrastes existen, el brillo de al-Ándalus (y su apogeo cordobés) también incluía aspectos menos merecedores de alabanzas y popularidad.

    Le tocó el turno a la Península, la entrada al continente europeo por su extremo occidental, llamaron al-Ándalus a la tierra ocupada e Isbaniya a la parte cristiana no conquistada. Habida cuenta de la derrota del ejército visigodo en el primer envite y de la superioridad militar, en contadas ocasiones iba a ser necesaria la fuerza para imponer condiciones de rendición, pero, aun así, hubo de todo: combates, asaltos a ciudades y asedios, un buen ejemplo de estos últimos sería el largo y cruel asedio de más de un año que padeció Mérida. La caída de la corte de Toledo supuso, sobre todo, que hicieran caja y llenaran las arcas con los grandiosos tesoros de la monarquía visigoda. Una de las estrategias del rápido avance fue la alianza con la aristocracia indígena, que escogía colaborar y someterse a la religión de Mahoma para mantener sus privilegios e incluso aumentar su riqueza con las dádivas de la colaboración. En principio, respetaban a las gentes del Libro (cristianos y judíos) y se contentaban con imponerles un tributo. La permisividad era lo más práctico, el ejército invasor constituía una pequeña minoría frente a la población y el pueblo seguía el paso que le marcaban los nobles o el vencedor; y así, la sociedad se mantenía gracias a la mayoría productiva, que aceptaba pequeños cambios y ritos que apenas modificaban sus vidas.

    Las crónicas árabes cuentan que la administración musulmana había instaurado un gobernador en Gijón para la zona norte. Estudios de arqueología y de fuentes escritas latinas y árabes proponen el año 718 como el de mayor probabilidad para el comienzo de la resistencia asturiana, que eligió a Pelayo (¿?-737) como jefe y primer rey. Consumada la rebelión astur, las tropas del gobernador musulmán serían vencidas por los rebeldes en sucesivas ocasiones y se verían obligadas a huir y abandonar definitivamente la región. Sin llegar a consolidarse la conquista, los astures habían iniciado la reconquista, que no se detendría, le seguiría Lugo y el resto de Galicia. A Pelayo le benefició que a partir del 720 el islamismo concentró sus esfuerzos en el sur de Francia, donde se adentraron hasta llegar a Poitiers. Pero, no pudo ser, Carlos Martel (686-741), fundador de la dinastía carolingia y abuelo de Carlomagno, los venció en octubre del 732. Tras la derrota, el dominio musulmán en la Galia iría retrocediendo.

    El avance territorial de Alfonso I (693-757), tercer rey astur, se vería impulsado a partir del 741 por la sublevación bereber contra el emir, y, prueba de ello sería la toma de buena  parte de Portugal, de la meseta castellana y de la Rioja. El deterioro de la relación árabe y bereber provenía del norte de África, pero, además, el malestar local emanaba del injusto trato recibido por la adjudicación de las mejores tierras a los árabes. La amenaza asturiana y la situación de inseguridad provocada por las revueltas recomendó al emir fijar la frontera en el río Duero, aunque también se abandonarían amplias zonas e importantes poblaciones al sur del río. En los valles pirenaicos se disputaban y alternaban el dominio los francos y los nobles locales. La inestabilidad fue la tónica dominante en la península durante el período de gobierno de los emires dependientes del califato omeya, que precisaron de veintidós mandatos entre el 714 y el 755.

    La siguiente etapa, la de mayor gloria y riqueza, se inició cuando Abderramán, un joven omeya procedente de Damasco, llegó a al-Ándalus en pleno enfrentamiento de facciones árabes y bereberes. Al mando de soldados sirios, puso orden, se proclamó emir y se independizó políticamente del califa, si bien, continuó acatando su autoridad religiosa. Para fortalecer sus fronteras, Abderramán I estableció tres marcas o provincias militares con capitales en Zaragoza, Toledo y Mérida. En oriente, un nuevo califa hachemí o abasida había derrocado al omeya, exterminado a la familia de Abderramán y trasladado la capital de Damasco a Bagdad.

    Al norte, los francos crearon su propia provincia militar, la llamada Marca Hispánica, que protegió los condados al sur de los Pirineos, liberó la Seo de Urgel en el 793 y Barcelona en abril del 801; y en Aragón y Navarra surgieron poderes independientes que dominaron algunos valles. En el oeste, Alfonso II tomó y saqueó Lisboa en el 796 —no sería la única vez—. Por otra parte, los Íñigo, cristianos vascones, con el apoyo de los convertidos Banu Qasi —hijos del conde Casio—, con quienes mantenían vínculos familiares, consiguieron echar a los francos y hacerse con la ciudad de Pamplona en el año 814; nacía el reino de Pamplona.

    El gran emirato cordobés imponía tributos o parias a los diferentes núcleos cristianos y, de vez en cuando, los invadía y saqueaba, al mismo tiempo, en el interior de al-Ándalus se libraba otra guerra: la aplastante presión fiscal era el detonante de sucesivos levantamientos, seguidos de dura represión y de acciones de castigo. El malestar se manifestó tempranamente en Córdoba, Toledo, Zaragoza y Mérida (en esta, participaban conjuntamente muladíes, bereberes y mozárabes). Especialmente cruentas fueron la “jornada del foso” de Toledo (807) y la matanza del Arrabal de Córdoba (814), en la que los vecinos cristianos se amotinaron, la violenta represión causó numerosos muertos, se ejecutó en público a cuarenta cabecillas y se exhibieron sus cuerpos en cruces a las afueras de la ciudad. Los años pasaban, el trato cada vez más discriminatorio de la población cristiana se plasmaba, amén de los impuestos, en obligaciones y normas de convivencia: cristianos y judíos vivían forzados a diferenciarse de los musulmanes con vestimenta distintiva, el uso de asnos o mulos en lugar de caballos, la prohibición del uso de armas, levantarse y ceder el asiento a los musulmanes o no edificar casas de mayor altura que las de ellos. Y un episodio más, el denominado “martirio voluntario”, en el que los cristianos más fervientes declaraban públicamente su repulsa al islam, lo que se castigaba con la pena de muerte.

    La miseria y el abuso pesan más que cualquier creencia e ideología, de ahí que se produjeran rebeliones en comunidades muladíes y mozárabes —cristianos que vivían en territorio de al-Ándalus—. El más célebre de los caudillos, el muladí Omar ben Hafsún (850-918), formó su propio ejército, derrotó a varios emires y llegó a dominar una amplia región del sureste de Andalucía. Los emires de Córdoba fracasaron en los intentos de someter las distintas zonas insurrectas durante la segunda mitad del siglo nueve y parte del diez. Al final, Abderramán III (891-961), en el 928, con la capitulación de Bobastro lograría rendir el último reducto después de noventa años, luego, ordenaría exhumar el cadáver de Omar ben Hafsún, fallecido diez años antes, con el fin de exhibirlo junto a los de sus hijos colgados en cruces en Córdoba. Para completar su particular celebración, se autoproclamaría califa al año siguiente.

    La histórica y deslumbrante ciudad palaciega de Medina Azahara se construyó atendiendo el deseo de Abderramán III, que decidió residir a unos kilómetros de Córdoba y alejarse del gentío por fundadas razones de seguridad. En su conjunto, Medina Azahara, además de uso residencial para el personal del califato, concentraba el gobierno, el aparato administrativo y la jefatura militar con una numerosa dotación. En el frente, cabe destacar las más de cincuenta campañas de Almanzor (938-1002), en las que reconquistó, saqueó y devastó los condados catalanes y aragoneses, Castilla, León, Galicia y Navarra e hizo decenas de miles de cautivos y esclavas. La pujanza de la dictadura militar de Almanzor, al mando de un ejército de mercenarios bereberes, pesaba más que la figura del califa, que perdía crédito y autoridad. A los siete años de la muerte de Almanzor, estalló una guerra civil, cuyo origen, de nuevo, partió del descontento de la clase social baja, los bereberes. Las discordias provenían del despotismo y el estilo de vida opulento de las élites omeyas, que competían por el lujo de sus palacios y la cantidad de mujeres y eunucos de los harenes. La guerra que se libró entre 1009 y 1031 supuso la descomposición del califato y el saqueo y la destrucción de la inexpugnable Medina Azahara, a la que se pudo acceder gracias a la complicidad de las tropas de su interior.

    El califato se fragmentaría en una treintena de pequeños reinos de taifas, Córdoba quedaría como una más, gobernada por una élite, aunque sería conquistada en el 1070 por la de Sevilla. Las luchas y la división entre islamistas volvían a aliviar a los cristianos, quienes, a mitad del siglo once, ya percibían el cobro de parias de importantes ciudades, incluso andaluzas, a cambio de no atacarlas y darles protección. Resultó curioso el caso de Fernando I (1016-1065), rey de León y conde de Castilla, que protegió la taifa zaragozana de su hermano Ramiro I de Aragón (1007-1063). En el testamento de Fernando I quedó constancia del reparto entre sus hijos del derecho de cobro de parias.

    La caída de Toledo, que junto a Madrid se entregó entre 1083 y 1085, alarmó a las taifas de Badajoz, Sevilla y Granada, que pidieron ayuda a los almorávides, dominadores de la zona centro y occidental norteafricana. Con este apoyo, derrotarían repetidamente a los cristianos y recuperarían algunos territorios, no obstante, los almorávides no se conformarían con echar una mano y, en menos de dos años (1090-1091), sometieron a todos los reinos taifas, excepto las ciudades de Valencia y Zaragoza, que caerían en 1102 y 1110. A pesar de las victorias, no tardaron en verse amenazados por el aragonés Alfonso I el Batallador, que conquistó Zaragoza en 1118. La postura de los musulmanes se había endurecido con la invasión almorávide, el trato discriminatorio que merecían cristianos y judíos se agravó por el temor al empuje cristiano y la sospecha de colaboración de muladíes y mozárabes. Al parecer, hubo una petición de auxilio de los mozárabes granadinos al rey aragonés, que llevó a cabo una audaz y sorprendente campaña de nueve meses por Levante, Murcia y Andalucía, entre el 2 de septiembre de 1125 y junio de 1126, venció al ejército almorávide en Arnisol (cerca de Lucena, Córdoba), recorrió y combatió en las actuales provincias de Almería, Granada, Córdoba y Málaga, y, finalmente, acosado por los refuerzos almorávides venidos expresamente de África se vio obligado a regresar a Aragón, después de haber rescatado numerosos grupos de mozárabes, que repoblarían las tierras del Ebro.

    En 1125, los almorávides, que ya no estaban en condiciones de invadir y saquear para financiarse, crearon un impuesto especial para reforzar sus posiciones defensivas. Algunas ciudades mostraron su desacuerdo, se rebelaron y se organizaron como pequeños reinos autónomos. La situación de luchas internas traería de África a los almohades, cuyo ejército acabaría con la división, detendría el avance cristiano y derrotaría en Alarcos (1195) a Alfonso VIII de Castilla. Al-Ándalus, como todo el norte de África, pasó a depender de nuevo de Bagdad y se fijó la capital en Sevilla. Una nueva racha de duro islamismo castigaría a judíos y cristianos y se les impondría la conversión, el exilio —caso del eminente judío Maimónides y su familia— o la muerte. Los años siguientes, los reinos cristianos de Castilla, Navarra y Aragón se replantearon el escenario, unieron sus fuerzas y, con el apoyo de tropas portuguesas, leonesas, órdenes militares y mercenarios, vencieron a los mahometanos en la batalla de las Navas de Tolosa el 16 de julio de 1212. Posteriormente, los castellanos conquistarían una buena parte de Andalucía: Baeza en 1227, Córdoba en 1236, Jaén en 1246 y Sevilla en 1248. Para entonces, las comunidades cristianas ya no existían en al-Ándalus

    El poder almohade había sido sustituido por el benimerín en el norte de África, y así, a partir de 1275 se repetirían incursiones bereberes benimerines en el sur de Andalucía. Más tarde, desde 1330, aliados con el monarca granadino, combatirían con los cristianos por Tarifa, Algeciras y la zona del Estrecho. En 1340, tuvo lugar la decisiva victoria cristiana del Salado, en la que el rey de Castilla se enfrentó a las tropas benimerines, el de Portugal a las granadinas y la flota aragonesa controló el Estrecho para evitar la llegada de refuerzos. Quedaba el reino nazarí de Granada, que sobrevivió en relativa paz como contrapartida al pago de parias con que satisfacía a Castilla. Llegado el tiempo de los Reyes Católicos, la guerra de Boabdil frente a su padre Muley Hacen y su tío el Zagal facilitaron la tarea de Fernando, que los dejó pelear y desgastarse, para culminar con la capitulación de Granada en 1492.

    En general, el plazo de las reconquistas y las conquistas cristianas se estima como excesivamente largo, pero ¿podría haber sido de otro modo? Observemos que el flujo de combatientes árabes o bereberes procedentes de Asia y África en apoyo de los gobiernos islámicos o con clara intención conquistadora fue permanente y, en consecuencia, los ejércitos árabes se nutrían y renovaban. Todo lo contrario, sucedía en los diferentes focos y reinos cristianos, quienes, obligados a subsistir, a mantener la escasa población y a alistar a los hombres para la guerra, necesitaban decenas de años o generaciones para recuperarse. Cuando alguien se pronuncia sobre largos periodos de paz, quisiéramos pensar que los ha verificado con los cientos de devastadoras campañas e incursiones de castigo y saqueo —aceifas o razias, tanto musulmanas como cristianas—; también que debería entenderse que no se vive en paz si se está obligado al pago de tributos al enemigo, que no deja de ser una explotación o conflicto latente que acaba en invasión o reacción violenta; y que una población no fronteriza, en apariencia tranquila, puede ser parte de un país en guerra.

    Desde el punto de vista árabe y también del cristiano, suelen adoptarse visiones románticas del “paraíso” de al-Ándalus y, a este respecto, no deja de ser chocante que, tras compartir espacios de vecindad cientos de años, ambas sociedades no llegaran a congeniar y fundirse. Está demostrado que la coexistencia de los partidarios de las dos religiones era conflictiva, pues ni mucho menos alcanzaban a disfrutar las mismas libertades, ventajas o derechos en los respectivos territorios. Sin tener en cuenta la puntual benevolencia del emir o rey de turno, si el gobierno era musulmán, los mozárabes eran ciudadanos de segunda clase; si el gobierno era cristiano, lo eran los mudéjares —musulmanes que vivían en territorio cristiano—. Por otro lado, si se profundiza algo más en lo que significa ser musulmán, se advertirá que la causa del distanciamiento se halla en el dogmatismo religioso, el cual abarca aspectos de la vida que, como si fuera un contrato, impide la posibilidad de mestizaje con otras confesiones. La explicación es sencilla, el hombre musulmán puede casarse con una mujer que, aunque no lo sea, debe convertirse y educar a sus hijos en el islam. En cambio, a las mujeres musulmanas, antes y ahora, solo les está permitido unirse a hombres de su misma fe; así que sería altamente improbable encontrar sangre árabe en otras culturas a partir del islam.

    Tampoco deja de sorprendernos el discurso de la exclusividad de los lazos que unen a las naciones islámicas, una idea de hermandad por encima de razas, fronteras y condiciones sociales que, en la práctica, se contradice con la violencia familiar, las disputas doctrinales, los duelos entre linajes y el clasismo, comportamientos de lo más comunes en la historia de las sociedades humanas. En cierto modo, tendría sentido pensar en que es probable que la resistencia y el empeño de los reinos hispano-cristianos a lo largo de guerras centenarias evitara que, en la actualidad, los Pirineos hubiesen sustituido al norte de África como frontera del mundo musulmán.

Los Reyes Católicos

    Enrique IV de Castilla (1425-1474) no estaba dispuesto a permitir el matrimonio de su hermana Isabel (1451-1504) con el aragonés Fernando (1452-1516), además, como primos que eran, precisaban de una autorización para la boda que el Papa les negó. Los novios, que ni se deprimieron ni se apocaron, lo solucionaron casándose en secreto —contra la voluntad del Rey— y aportando una dispensa papal falsificada. Desde el punto de vista legal, Isabel sabía que el trono le correspondía a su sobrina Juana (la Beltraneja), hija del rey, de ahí que se diera prisa a la muerte de su hermano en autoproclamarse reina de Castilla, según el Tratado de Toros de Guisando, en el que Enrique la nombraba legítima sucesora al trono y se reservaba el derecho —que no se cumplió— de acordar su matrimonio. Los partidarios de tía y sobrina dividían a la nobleza y al clero, y la disputa derivó en la guerra de sucesión de Castilla. Isabel, con la ayuda de los aragoneses, se impuso a Juana, a quien apoyaban los reyes de Portugal y Francia.

    La pareja heredó una situación política condicionada por la inercia de siglos de guerras frente a los musulmanes, las reiteradas invasiones a través de Gibraltar y la imparable expansión turca, que había conquistado el Imperio Romano de Oriente, Constantinopla en 1453, algunas naciones europeas y pirateaba a diario el espacio Mediterráneo. Era cuestión de tiempo, había sobradas razones para sospechar alguna alianza del reino nazarí de Granada con islamistas norteafricanos y el floreciente imperio turco. Pues bien, a los frentes conflictivos que reclamaban la atención de Isabel y Fernando en la Península, Europa y el Mediterráneo, hemos de añadir el compromiso con la gigantesca tarea americana. Con todo, ni descuidarían sus deberes más urgentes ni dejarían de lado otras empresas que pudieran parecer menores en una época en la que los derechos del individuo apenas se valoraban, y así, mostraron su perfil humano en asuntos concernientes al pueblo llano, las mujeres y los nativos americanos.

    Predomina la opinión de que formaban una pareja prudente, austera, justa y, sobre todo, práctica, que adoptaba las decisiones importantes en común, que llegó a controlar el exceso de poder de la nobleza y el clero, pacificó las luchas internas y encaminó sus políticas a la unión y el fortalecimiento del reino. Animaban a los súbditos “a salir del señorío y ponerse en la autoridad real”. En este sentido, poco más de un siglo después, en las obras El Mejor alcalde el Rey y Fuenteovejuna, de Lope de Vega, se describe cómo los campesinos o el pueblo son los protagonistas y su enemigo el poder feudal. Por cierto, una de las notas al pie de la obra de Fuenteovejuna venía a decir que Fernando de Aragón recibía en audiencia abierta, con regularidad, a cualquier súbdito que lo solicitara. En definitiva, la justicia pública se impuso a la señorial en ciudades y villas, aumentando la popularidad de los Reyes Católicos como responsables de la ley y el orden frente a los abusos de los señores.

    El progreso de las letras fue notable, se editó la primera Gramática Castellana de Nebrija, se fundó la Universidad de Alcalá de Henares, abierta al pensamiento moderno, se fomentó el latín y a los humanistas italianos. En este contexto, aparecieron las primeras mujeres de la historia en los ámbitos universitarios, se apoyó a escritoras, eruditas, conferenciantes y científicas, entre las que se cuentan Luisa de Medrano, poetisa, profesora y, finalmente, catedrática de la Universidad de Salamanca, la humanista Beatriz Galindo, bien conocedora de Aristóteles y Platón, docentes universitarias como Juana de Contreras, defensora del uso del femenino en la gramática latina, Francisca de Nebrija, que ocupó la cátedra de retórica en la universidad de Alcalá de Henares, Isabel de Villena, primera escritora conocida en valenciano, la poetisa Florencia Pinar, Isabel de Vergara, hermana de los humanistas Juan y Francisco, que tradujo las obras de Erasmo.

    Dos años antes de 1492, las circunstancias habían llevado a Cristóbal Colón a la presencia de Isabel, con un proyecto comercial bajo el brazo para llegar al lejano oriente por el camino más corto. En sus viajes a América, Colón, amigo de hacer negocios, capturaba esclavos para su venta y contaba con una aceptación de los reyes que, con el tiempo, estos rectificarían. Mediante Real Cédula fechada en Sevilla el 20 de junio de 1500 se determinó que los indios que se encontraban en Andalucía enviados por Colón se pusiesen en libertad y se devolviesen a sus "naturalezas" en el continente americano. A Colón se le prohibió negociar con esclavos y se le anularon los privilegios concedidos en la negociación del proyecto de sus viajes.

    El dictamen oficial del cultivo de las tierras americanas llevó pareja la división en haciendas o encomiendas y la asignación de grupos de indios para realizar las tareas. Los indios recibirían a cambio alimentos, cuidados y evangelización. Este intercambió no tardó en generar casos de brutal explotación y denuncias por el mal trato. El testamento de Isabel la Católica en 1504 decía "e non consientan que los indios reciban agravio alguno en sus personas e bienes, más mando que sean bien y justamente tratados", de modo que todo lo tocante a los derechos de los indios se convirtió en tema de discusión en las altas esferas. El fraile dominico Antonio de Montesinos en 1511 denunció las condiciones y los abusos cometidos por los encomenderos, y Fernando, como rey, ordenó que una comisión, la Junta de Burgos, compuesta fundamentalmente por teólogos y juristas, debatiesen sobre ello. Las Leyes de Burgos de 1512 serían el resultado y la base del derecho indiano. La intención y las disposiciones fueron las apropiadas, pero, con seis mil kilómetros de océano Atlántico por en medio y la dudosa unanimidad de quienes debían ponerlas en práctica, la aplicación resultaría desigual.

    Los primeros años de las expediciones a América se sucedían uniones, mezcla o mestizaje de españoles y nativas y, dada la frecuencia de las relaciones y la ambigua situación de los indios, se creaban dudas en cuanto a la legalidad de los matrimonios. Fernando decidió normalizar la situación y aprobar en 1514 una Real Cédula que rellenaba el vacío legal, validaba los matrimonios mixtos y aseguraba justicia a los indios y sus descendientes. El hecho de crear problemas de conciencia a los reyes, así como los debates y la legislación para reconocer la igualdad y salvar las diferencias con los indios dicen bastante acerca de la humanidad de Isabel y Fernando. Las comparaciones favorables no exculpan de los abusos cometidos, caso de serles atribuibles, pero la sensibilidad relativa a las diferencias raciales y el exterminio de poblaciones nativas tardaría siglos en contemplarse en los países occidentales.

Juan Ortiz

"El gobernador Hernando de Soto, con mucho contento de haberlo hallado, mandó a dos soldados naturales de la isla de Cuba, mestizos, que así nos llaman en todas las Indias Occidentales a los que somos hijos de español y de india o de indio y española, y llaman mulatos, como en España, a los hijos de negro y de india o de indio y de negra. Los negros llaman criollos a los hijos de español y española y a los hijos de negro y negra que nacen en Indias, por dar a entender que son nacidos allá y no de los que van de acá de España. Y este vocablo criollo han introducido los españoles ya en su lenguaje para significar lo mismo que los negros. Llaman, asimismo, cuarterón o cuatratuo al que tiene cuarta parte de indio, como es el hijo de español y de mestiza o de mestizo y de española. Llaman negro llanamente al guineo, y español al que lo es. Todos estos nombres hay en Indias para nombrar las naciones intrusas no naturales de ella".

Fragmento extraído de la Florida del Inca, de Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616),

                                         escritor e historiador hijo de español e india nacido en Perú.

    En algunas páginas de la obra se relatan los sucesos de la vida de Juan Ortiz, cuya veracidad corroboró el autor con la narración de Alonso de Carmona y Juan Coles, testigos de vista, integrantes de la expedición de Hernando de Soto, quienes, cada uno por su cuenta, habían dejado anotaciones escritas, dispuso asimismo de los despachos del propio Hernando de Soto y del testimonio oral de Gonzalo Silvestre, soldado español que había conocido en el Cuzco. Se trata, pues, de fuentes orales y escritas de testigos directos. Existe otro relato de la historia de Juan Ortiz, que se tradujo al inglés, cuyo autor es el Caballero de Elvas, también superviviente de la expedición de Soto.

    ¿Sucedió alguna vez la legendaria historia de John Smith y Pocahontas que se ha transmitido durante más de trescientos años?  Y, de ser así, ¿realmente le sucedió a John Smith o "tomó prestada" la historia de otra fuente? La película de Disney cuenta que John Smith iba a ser ejecutado por la tribu de los Powhatan cuando la princesa Pocahontas se lanzó sobre él para salvarlo de la muerte. Artículos periodísticos norteamericanos expresan dudas y sugieren que John Smith pudo apropiarse de la historia de Juan Ortiz y la princesa Hirrihigua.

    Las obras de Inca Garcilaso y el caballero de Elvas cuentan que Juan Ortiz era un joven de dieciocho años, nacido en Sevilla, miembro de la expedición que, con la misión de explorar la Florida, llegó a la bahía de Tampa el 15 de abril de 1528 al mando de Pánfilo Narváez. Este dirigía la partida principal que se internó por tierra y Juan Ortiz navegaba en uno de los barcos de apoyo que seguía el recorrido por mar. La primera tribu nativa con la que chocó Narváez fue la Tocobaga, en Uzita, por lo visto, no se entendieron y hubo violentos enfrentamientos. Pánfilo actuó cruelmente con el cacique Hirrihigua e incluso con su madre, que murió devorada por los perros de Narváez. La partida terrestre continuó y, por algún motivo desconocido, no llegó a encontrarse con el barco, que, dada la situación, regresaría a Cuba. El Gobernador decidió enviar otro navío para intentar seguir la pista de los desaparecidos e investigar el suceso. Cuando llegaron a la bahía de Tampa, los indios, escamados del encuentro anterior con Narváez, atrajeron al barco con señales falsas y engaños, los españoles, receptivos, descolgaron un bote con cuatro confiados marineros, Juan Ortiz entre ellos, que arribó a la playa, donde fueron rodeados y hechos prisioneros.

    El cacique Hirrihigua dispuso la celebración de una gran fiesta que terminase con la muerte de los cuatro, la diversión consistía en sacarlos desnudos, de uno en uno, como en un juego, dispararles flechas sin alcanzar los puntos vitales e intentar alargar el entretenimiento. Murieron tres de ellos, Juan Ortiz pudo librarse de participar gracias a la esposa y las hijas del cacique, que, compadecidas por su juventud e inocencia respecto a los hechos pasados, intercedieron y suplicaron clemencia al jefe. El joven se libró de la muerte, pero no de ser tratado como un esclavo y sometido a humillaciones y torturas. Pasado un tiempo, el cacique, que persistía en sus deseos de venganza, ordenó que Juan Ortiz fuera asado en una especie de parrilla. Mientras se ejecutaba el mandato, con Juan Ortiz sobre el fuego, llegaron desesperadas la esposa y las hijas de Hirrihigua, rogaron de nuevo por su vida y consiguieron detener el sacrificio. Durante meses, las mujeres cuidaron del joven hasta que se recuperó de las graves quemaduras sufridas, que quedarían marcadas para siempre en su cuerpo.

     El rencor y el odio del jefe no disminuyó, aun a pesar de haber puesto a prueba al esclavizado con trabajos y encargos difíciles en los que demostró valía y valentía. Después de año y medio en la tribu, Hirrihigua decidió acabar con la vida de Juan Ortiz, mas, enterada la mayor de las hijas de la intención de su padre, advirtió y propuso a su protegido un plan de huida que lo llevara al poblado de su enamorado pretendiente, el cacique vecino. Sin pérdida de tiempo, esa misma noche pudo escapar y llegar a la tribu Timucua, regida por el noble Mucozo. El joven Ortiz puso a su bienhechor al corriente de la historia y del favor de las mujeres que lo habían ayudado. Por su parte, Mucozo, íntegro y enérgico, desatendió la petición de Hirrihigua de entregarle al fugado, aun a costa de perder la posibilidad de casarse con su hija. A partir de entonces, Juan Ortiz viviría ocho años y medio como uno más de la tribu, siendo tratado por Mucozo como un hermano.

    Un indio capturado facilitó información acerca de un español que desde hacía años vivía entre ellos. La buena nueva llegó a oídos de Hernando de Soto, Gobernador de Cuba, quien envió un barco para su rescate al mando del oficial Baltasar Gallegos. Tras el desembarco, una avanzadilla de los españoles se topó inesperadamente con una patrulla de indios, entre los que se encontraba Juan Ortiz, sobresaltados ambos grupos y a punto de usar las armas, Juan Ortiz gritó unas palabras en español, que lo delataron, deduciendo sus compatriotas que lo habían encontrado.

    En aquella época, Hernando de Soto organizaba la exploración del continente americano partiendo de la Península de Florida. Las naves zarparon de Cuba con mil hombres, trescientos cincuenta caballos y ganado, la flota desembarcó en Florida el 25 de mayo de 1539. Mucozo tuvo ocasión de convivir un tiempo en armonía con los españoles y Hernando de Soto pudo agradecerle su hospitalidad y desvelos con Juan Ortiz. Este, como era de esperar, se incorporaría a la expedición con funciones de intérprete y en calidad de ayudante.

     Emprenderían una larga marcha exploradora en la que hombres, caballos y ganado transitaban sumergidos por zonas pantanosas y padecían cansancio, sueño y emboscadas de indios hostiles que, ocultos en la vegetación, les causaban numerosas bajas entre muertos y heridos. Reconocieron la costa hacia poniente: puertos, caletas, bahías y ríos, encontraron tierras abundantes y fértiles habitadas por indios apacibles y acogedores, que les ofrecían alojamiento, víveres y guías. El viaje continuaba, vadeaban ríos, las emboscadas se sucedían y, de nuevo, dejaban hombres y caballos muertos o heridos. Una y otra vez, la crónica se repetiría; días de hambre que se hartaban de agua a falta de vianda y, luego, sin esperarlo, se aliviaban socorridos por indios que les prestaban ayuda y los trataban con familiaridad. Enviaron exploradores, cambiaron de dirección: al norte, a oriente, a poniente, al sur, y otra vez ataques que no los dejaban vivir ni de día ni de noche.

    Después de haber atravesado un sinnúmero de provincias y poblaciones. el gobernador Hernando de Soto enfermó y murió en junio de 1542, la partida quedó al mando de Luis de Moscoso Alvarado. Cuatro meses después, en octubre, comenzó un invierno riguroso y frío, de abundantes lluvias, nieves y vientos; a veces, el suelo inundado no permitía a los de a caballo apearse para dormir, y los de a pie descansaban con el agua a las rodillas. Si al no dormir y al cansancio del camino se añadía el mal comer, sucedía que hombres y animales enfermaban y morían. Juan Ortiz fue uno más entre los que no lograron sobrevivir a aquel invierno. Los que quedaron, la mayoría enfermos, se instalaron en un poblado hasta mejorar de salud y recuperar fuerzas.

    En enero de 1543, se dio orden de cortar madera y construir varias embarcaciones con objeto de navegar río abajo y llegar al golfo de Méjico. De los veinte días que descendieron el río, ni uno solo dejaron de ser asediados y perseguidos por canoas de indios: en un ataque perdieron todos los caballos y en otra jornada desgraciada perecieron cuarenta y ocho españoles. Llegados al mar, no se acabaron las privaciones y las luchas, los trescientos supervivientes aún tardarían unos tres meses en llegar a su último destino en Méjico. La prodigiosa y heroica empresa de Hernando de Soto recorrió a lo largo de casi cuatro años los estados de Florida, Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Tennessee, Alabama, Mississippi, Missouri, Arkansas, Luisiana y Tejas.  

    Las conquistas hispánicas del continente americano, tan ensalzadas y censuradas, suelen justificarse oponiendo la sed de oro y el ánimo evangelizador; y, ciertamente, el móvil inicial de los reyes fue comercial o económico y, desde el principio, anduvo acompañado por el espíritu misionero. En cambio, ignoramos si las motivaciones vitales de Juan Ortiz, Hernando de Soto y los demás tenían que ver con el deber militar, los ideales, la miseria, la búsqueda de aventuras o la ambición; posiblemente, de todo habría. En cualquier caso, quedamos convencidos de que estos hombres valientes, dignos y tenaces atesoraban en buena medida el carácter, no sé si perdido, de aquel centenar de pueblos ibéricos de la antigüedad.

Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide. Vale. (Cervantes)

Galería de imágenes (tomadas de las fuentes señaladas en internet):

1 Fíbula celtibérica. Museo Numantino - Foto

2 Acueducto romano de los Milagros - Turismo Mérida

3 San Juan de Baños – iglesia visigoda - Turismo Palencia

4 Egilona -Facebook El Baul del Arte

5 Picos de Europa - Turismo Asturias

6 Palacio de la Aljafería - Turismo Aragón

7 Alfonso I el Batallador - Ayuntamiento Zaragoza

8 Beatriz Galindo, La Latina - Viendo Madrid.com

9 Ruta de Hernando de Soto – Mapa realizado por @José Antonio Crespo-Francés

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