QUERIDO PLATÓN
Noches de jardín

QUERIDO PLATÓN

La correspondencia, esa comunicación postal entre amigos, entre filósofos y sus discípulos, es una fuente inagotable de conocimiento a veces más profundo del verdadero sentir y comprensión entre ellos, alejado del formalismo extremadamente cuidado de las obras dirigidas al lector académico. Desde el inagotable Epicuro, a Descartes o Nietzsche, podemos ahondar en la comprensión del pensamiento filosófico a través de su correspondencia. Esta es una carta de un discípulo a su gran maestro, adorado, Platón. Por Mª José López.

Mª José López Lozano | 12 sep 2021

Querido Platón:

   Mucho hace de tu última carta y espero que a la lectura de esta te encuentres perfectamente de salud y con el alma más calmada después de tu experiencia en Siracusa.

    Me atrevo a escribirte con el propósito de pedirte consejo en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

    Desde la última vez que nos vimos en Atenas, disfrutando tan magnífico ágape con tan ilustre compañía, siento que no he comprendido con mi torpe intelecto tus sabrosas argumentaciones. Vuelvo a rememorar lo vivido contigo y con Pausanias y tengo que declarar que tengo más dudas que certezas. Por este motivo te escribo, querido Platón.

   No paro de escuchar entre la gente que tengo a mi alrededor, o en el ágora, que deberíamos fortalecer nuestra posición como atenienses ante el avance de los bárbaros del Este y que deberíamos aislarnos de las malignas influencias nocivas, costumbres bárbaras, que los pueblos pobres quieren ejercer sobre nosotros y nuestros hijos. Estoy abrumado por la facilidad de mis conciudadanos en dar opiniones de pueblos lejanos sin haber viajado nunca más allá de las lindes de nuestra amada ciudad. Según ellos, están todos dominados por los placeres, por la desordenada fiereza e ira que guían sus comportamientos, siguiendo a otros dioses, a cada cual más malvado. Mis vecinos, además, hacen profesión de sus ritos a nuestros dioses animando al resto a seguirlos; mas te he de confesar que poco comportamiento ordenado he visto en ellos en su día a día. De hecho muchos de sus más importantes voceros son viejos conocidos de locales del Pireo e incluso con esposas de nuestros propios amigos.

   Pero creo recordar, e ilústrame si me equivoco, que defendías que en la sociedad los gobernantes debían asemejarse a los filósofos, guiados por la razón, la sabiduría, la racionalidad. Tanto esfuerzo que dices que deben seguir los que se van a dedicar al servicio público como gobernadores, hace que solo unos pocos entre toda la sociedad de los libres puedan acceder a ese privilegio. ¿Quién querría ser gobernante si le arrebatan, como tú defiendes, el dinero, las propiedades e incluso la familia propia? ¿Tantas tentaciones y vicios causan las propiedades o tener hijos? ¿Qué fuerzas hay en nuestra naturaleza para primar a nuestros propios hijos antes que a los de los otros, aunque sean amigos? Pero, ¿no es verdad, como afirmas, que la recta razón y el sentido de la Justicia es igual para todos por participar todos de la misma naturaleza?

   Pero, siguiendo con lo que quiero decir, ¿por qué el pueblo ateniense tiene que prestar oídos a los que propagan el miedo ficticio a un posible invasor invisible? ¿qué merito tiene la gente que lo proclama? ¿son acaso filósofos ellos? No; y eso es lo que no entiendo, querido Platón.

   Esa diferencia que pronto me enseñaste entre el saber y el opinar, entre la episteme y la doxa, entre el camino de la sabiduría y el vasto campo del opinar, ahora no se toma en serio por mis convecinos. ¿Por qué no enseñas en el ágora como hacía tu queridísimo Sócrates y les enseñas lo fútil e insignificante de su vida y miserables opiniones? ¿Por qué no sales una vez en público y demuestras racionalmente que no se puede comparar el conocimiento de un filósofo a las más vulgares opiniones de cualquier ser humano? Seguro que si te encuentras mal de salud no seguirías las opiniones de cualquiera que te encontrases paseando por la calle; antes bien, irías al médico para que analizando tus síntomas, te recetara las pócimas o ungüentos que él conoce debido a su experiencia personal, profesional compartida con otros médicos y sus muchos años de conocimiento. ¿Por qué en cuanto a la política o al amor, cualquiera proclama a los cuatros vientos sus opiniones como si fueran la más prístina verdad, adecuada a la Idea de Bien? ¿Te imaginas que gobernaran los más locos y aduladores del pueblo para con su complicidad, dar rienda suelta a su propia locura, entre aplausos imbéciles de los pobres y esclavos? ¡Qué majadería!

   ¿Qué nos falta como sociedad ateniense para acercarnos a ese ideal tuyo de Justicia? Realmente dices que la educación es fundamental y en eso creo que estoy de acuerdo contigo, querido Platón. Pero te he de reconocer que en las reencarnaciones de las personas me he encontrado naturalezas donde la educación no ha girado de dirección el alma hacia la luz sino a las más profundas oscuridades de las cavernas. No prestan oídos ni atención a la formación que impartes en La Academia sino que piensan que con lo que hablan en corrillos por las calles con sus amigotes tienen suficiente. La formación del filósofo es demasiado ardua y difícil… muchos años de formación, ascesis y renuncias para conocer el Bien, la Verdad y la Virtud. ¿Para qué?, se preguntan. ¿Para qué tanto esfuerzo intelectual, racional y de vida? Ellos también tienen sus opiniones y son más verdaderas porque su sentido embrutecido se lo dice así. ¡Cuán alejados de la realidad y del conocimiento que enseñas están estas almas! Pero cuánto daño hacen a la sociedad, a la búsqueda clásica del Bien y la Verdad que filósofos y amantes de la verdad han hecho antes que nosotros como Pitágoras, Heráclito, Parménides, Sócrates o el mismo Tales. Y cuántos más nos han de seguir a lo largo de los siglos hasta que descubran mundos que ni siquiera nosotros mismos somos capaces de soñar.

    Sirva como ejemplo la misma vida ateniense y de Mileto para enseñar lo absurdo y lo torpe de las opiniones de una Atenas aislada y protegida en sí misma para defender sus auténticas tradiciones ante el avance imparable de los demás. Si no hubiera sido por Mileto, ¿qué hubiera sido de la propia Atenas? Si no hubiera sido por ese intercambio constante de productos, enseres, comida y recursos, si no hubiera sido por nuestra propia ágora, ¿qué sería de nosotros? Aún seguiríamos hablando como nuestros antepasados y con sus costumbres anticuadas y sin comer estas ricas viandas que tanto placer nos producen…

   Aún hoy oigo las enseñanzas de Sócrates y de ese Antístenes y Diógenes sobre que son ciudadanos del mundo antes que atenienses. Ciertamente el hecho de ser ateniense no está en la naturaleza humana, solo el mismo hecho de ser un ser humano, ¿verdad, querido Platón? Porque todos y todas compartimos la misma naturaleza humana al participar de la misma naturaleza.

    Por favor, querido Platón, ayúdame a comprender si he entendido bien tus teorías que tan bellas cuentas y en las que tanto quiero profundizar. En el conocimiento y en la sabiduría de la dulce miel de tu conocimiento espero haber mostrado mis dudas y miedos que tengo al comprobar el pesado repiqueteo de las opiniones que se ciernen sobre mí. Espero que tu luz y tu sabiduría me guíen en este momento de la vida y que con la juventud con la que me caracteriza pueda acceder a esa Idea del Bien que me enseñaste hace años. Tuyo afectuosamente…

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