Cuento de Navidad
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Cuento de Navidad

Una historia para esta Navidad.

Félix Sánchez Gómez | 31 dic 2023

    Os voy a contar mi cuento de Navidad:
Vivía en un pueblo chico, digo chico porque me daba un poco de vergüenza decir lo pequeño que era; tenía la forma de una raspa de sardina con una calle central y pequeñas y estrechas calles, que a la derecha ascendían hacia el monte, primero cortas, luego más largas, y a la izquierda descendían hacia el rio de la misma manera.
   Al final una pequeña plaza y en ella en un altozano, que don Tomás llamaba otero, una iglesia de mucho porte con su campanario; tenía un reloj que daba las horas, las medias y los cuartos, pero le molestaban al tío Dionisio, que era muy bruto, y de una pedrada lo dejo tuerto y ya no daba ni las horas ni las medias ni los cuartos.
    Desde el otero se divisaba la llanura, a lo lejos las montadas teñidas de blanco, en el cielo nubes como grandes copos de lana, amontonadas unas sobre otras, que llamaban aborregadas y que decían que anunciaban cambio de tiempo; yo no sabría que decir solo que hacía mucho frío.
    A lo lejos el humo de una granja ascendía sinuosamente al cielo, desde donde venía el río zigzagueante, serpenteando entre un frondoso bosque de chopos, álamos y robles, que a duras penas mantenían sus hojas en el otoño antes de su caída: rojos, bermellón, marrones, ocres y verdes componían un hermoso cuadro.
    La iglesia, decían que era gótica; era bonita, amplia, con mucha luz menos en el rincón de la derecha, a la entrada, que era muy oscuro; allí había una gran caja de cristal trasparente que llamaban el sarcófago de Jesús yacente, era un Cristo muerto, a lo largo de una sábana blanca, con la mano derecha extendida, como pidiendo ayuda; a mí me daba mucho “yuyu” así que siempre que podía no lo miraba.
    En las paredes había muchas imágenes, la de más devoción era un san Roque con su perro con un pan en la boca, era el patrono del pueblo; contaban la historia de que el perro le traía al santo todos los días un pan para que se alimentara, que, tras una vida muy intensa en obras de caridad, en su vejez, ya muy enfermo, se retiró a un bosque para hacer oración.
   Al lado tras un gran lienzo del muro estaba la imagen de una Virgen muy milagrera de la que era muy devota mi abuela, ella decía que las oraciones, las peticiones, las tristezas y las alegrías vividas por los del pueblo se quedaban pegadas en los muros de la iglesia, por eso había una sensación de paz, añoranza y de intimidad en el templo.
   Cuando llegaba la Navidad don Antonio, el cura del pueblo, montaba un pequeño belén en la iglesia y yo siempre le ayudaba; don Antonio era muy bueno, ya muy anciano, yo siempre lo recuerdo con su espigada figura, con su raída sotana y su bonete a la cabeza; cuando me ponía la mano en la cabeza me trasmitía una sensación de cariño que todavía agradezco.
    Pero el belén tenía un problema y era que lo montaba junto al Cristo yacente, en el ángulo oscuro de la entrada, y yo tenía que hacer esfuerzos para no mirar de soslayo al Cristo moribundo y centrarme en el hermoso Niño Jesús que reposaba en el pesebre del belén.
    Y don Antonio se jubiló y no hubo más curas, la iglesia se cerró y ya no había más belén; así que llego la próxima Navidad y ya no era lo mismo, la tristeza me embargaba, pero la Virgen tan milagrosa escuchó la intercesión de mi abuela y surgió el milagro.
    Don Tomás era un anciano maestro retirado de la escuela del pueblo, era una figura enjuta, con un poblado mostacho que se atusaba a cada rato y se tocaba con una amplia boina. Algo le iluminó y decidió poner manos a la obra y montar el belén como siempre se había hecho, decía que se estaba perdiendo el sentido de la Navidad; los regalos, los adornos las luces, las fiestas, comilonas y viajes de vacaciones habían hecho olvidar que la Navidad era la celebración del nacimiento de Jesús, el niño Dios, en un humilde pesebre.
    Y se armó el belén y todos colaboraron a su montaje; tenía la forma del pueblo, de raspa de sardina, con las figuras caminando por el sendero central hacia el pesebre, y allí estaba radiante la bella figura de Jesús, con sus regordetes mofletes sonrojados, sus bellos ojos azules que trasmitían alegría, paz y amor.
    Pero, seguía habiendo un grave inconveniente para mí y era que estaba situado junto a la inquietante figura del Jesús yacente; demacrado con el rostro deformado por el dolor, eso me deprimía mucho.
Mi abuelo me decía que así era la vida, el contrate entre el sufrimiento el dolor y la muerte y por otro lado la alegría, la felicidad y la esperanza de una vida nueva; mi abuela, más compresiva con mi desazón, me decía que no olvidara nunca que el Cristo yacente resucitó y también nos mostró una vida de esperanza.
    No se que habrá sido de aquel belén, que habrá sido de las buenas gentes de mi pueblo, pero sí se que pegadas a las paredes de la iglesia están sus anhelos, mis ilusiones, las de mi niñez, de mi feliz niñez que aprendió a entender la Navidad.
Fin del cuento.

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